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jueves, 29 de diciembre de 2016

El silencio de los corderos


En una granja una niña se despierta en plena noche por un ruido extraño semejante al chillido de un bebé. Se acerca al establo y sorprende a su tío sacrificando corderos. Abre la puerta del redil para liberarlos pero se quedan inmóviles. Desesperada coge uno y huye con él pero hace frío y el animal es demasiado pesado. La historia acaba con la niña en un orfanato y el cordero en El Asador de Aranda. Esta niña con el tiempo se convertirá en la agente Clarice y confesará a Hannibal Lecter que todavía se despierta por las noches y oye chillar a los corderos… en la película la química entre los actores en esta escena funcionó tan bien que el director no creyó conveniente filmar la huída de una joven Clarice cordero al hombro.
 
Este lechazo encontrado en un asador madrileño en el Paseo de Extremadura es aún más turbador que la historia arriba relatada porque te invita a comértelo a él, a sus hermanitos o a otros de sus congéneres con un aterrador y humanizado balido: “veeeen”. De haber dirigido David Lynch “El silencio de los corderos” a buen seguro que a diferencia de Jonathan Demme sí hubiera filmado la huida de la pequeña Clarice añadiendo paisajes oníricos, fetichismo lanar y a este cordero parlanchín en brazos. El resultado más probable de esa noche es que la agente Clarice hubiera acabado con un trauma infantil de no te menees reduciendo a sospechosos con jersey de lana y encañonando al conductor de reparto de Norit. Aterrador.

 


"♫Beeeeeben y beeeeeben
 y vuelven a beeeeeber
 los peces en el río...♫"

La Albahaca
Paseo de Extremadura, 102
28011 Madrid

viernes, 17 de abril de 2015

Mesón Alegría (Granada)

No hagas caso de productos como “Ocho apellidos vascos” o “Allí abajo” que explotan la supuesta dualidad vasco-andaluza. Si un sevillano se dirige a un camarero con un “mi arma” es seguro que haga más amigos en una herriko taberna que en una tasca “granaína”. Identificamos frecuentemente lo andaluz con lo sevillano pero Andalucía es una región grande y diversa. El granadino no destila alegría sino “malafollá”, una suerte de “mala hostia” de la tierra que sólo sufrirás si eres “apollardao”, “achantón”, “enterao” o aún peor, si entras a la ciudad desde Sevilla por la A-92.

Donde se destila “alegría” en Granada y de la buena es en este mesón. Fundado en 1995 es uno de mis fijos cuando voy de tapas. Se trata de un asador que presume de horno de carbón de encina. La consumición se acompaña de una generosa tapa: migas, papas asadas, setas, arroz... y por supuesto, sus inigualables tapas carnívoras. En esta ocasión me quedé con ganas de probar su pan de pueblo, una ración de dos rebanadas con aceite y alioli con una pinta espectacular que pasé por alto en mi anterior visita, otra excusa para repetir en la formidable Granada.

Un mosto y tapa por dos euros

Exterior de Mesón Alegría en la peatonal Calle Moras

Tarjeta del granadino Mesón Alegría

Mesón Alegría
Calle Moras, 4
18009 Granada