ESPECIAL HORCHATA: Me chifla la chufa (LXIV)
Mi primera noticia sobre la horchata de Alcázar de San Juan fue a través de una compañera de trabajo nacida en esa localidad. Ella aseguraba que de niña en su pueblo, tomaba horchata. Defendía, además, que para barquillos los de su pueblo y que Miguel de Cervantes era alcazareño. A un joven al que Telemadrid enseñaba que el oficio de barquillero era genuino de Madrid y el autor de “El Quijote” natural de Alcalá de Henares la imagen de Alonso de Quijano mojando barquillos en un vaso de horchata resultaba inverosímil, así que no di mucho crédito a su testimonio. Este recelo no fue superado hasta mi primera visita el verano pasado a Alcázar de San Juan: un día completo recorriendo un bonito pueblo manchego entre referencias a Miguel de Cervantes, barquillos y horchatas, tal y como describió mi compañera.
Esta historia comienza en Cantabria, cuna de barquilleros, de gran tradición en Toranzo, Vega del Pas y Ontaneda. En la actualidad esta septentrional región sigue siendo barquillera, tanto a nivel artesano como industrial, exporta barquillos a todo el mundo y cuenta hasta con un museo temático en Santillana del Mar. El barquillero cántabro recorría el país ofreciendo su producto en invierno, y si congeniaba con un pueblo o una de sus mozas, fijaba en él su residencia como hicieron muchos jijonencos con las turronerías. Uno de esos barquilleros, de nombre Eloy López, llegó en 1875 a Alcázar de San Juan, pero no fue hasta 1928 cuando sus nietos se afincaron definitivamente en el pueblo. Con el paso de las generaciones el negocio de barquillos se amplió con helados primero y luego horchata y en el proceso el carrito dejó paso al kiosco y finalmente a las tiendas.
Son dos tiendas las herederas de esta tradición y ambas ofrecen horchata. En la Heladería María Luisa, próxima a la estación del tren, inicio la ruta con un desayuno compuesto por horchata y bollería de la casa. En el interior se encuentra un panel cerámico que nos recuerda que además de barquillos ofrecen las famosas tortas de Alcázar. En el mostrador pedí unos barquillos y con honestidad me advirtieron que eran los últimos de la temporada y que estaban próximos a caducar. “En mi casa el dulce no caduca nunca” contesto. Y a fe mía que estos barquillos tampoco lo hicieron.
La siguiente parada es en El rincón de Eloy en la céntrica Plaza de España, frente a la escultura de Don Quijote y Sancho Panza. Es esta una heladería de toda la vida que ofrece elaboraciones clásicas como las copas “Surf”, “Formentera” o “Bruselas”, acompañadas por supuesto de su correspondiente barquillo. En su interior se pueden encontrar parroquianos de toda la vida y una horchata muy granizada como apostillan gusta en el pueblo. También elaboran barquillos pero no los logré comprar porque durante el verano detienen su producción.
Regreso a Madrid con un con un delicioso barquillo en la mano y la duda de si por aquí estará el lugar dónde vio la luz Miguel de Cervantes.
La ruta:




