Las aventuras del Capitán Triglicérido
Bocados dulces y amargos, como el arte del catch...
martes, 25 de marzo de 2025
Confitería Cerería Donézar (Pamplona)
miércoles, 12 de marzo de 2025
Confitería El Esquiador (Zamora)
La pituitaria de muchos zamoranos todavía recuerda el olor a galletas de la céntrica Confitería Reglero en la Avenida de Portugal. Primero con la pastelería familiar y más tarde con la fábrica, inundó Zamora y el resto del país con cajas de mayucas, nevaditos y otras delicias que formaron parte de la merienda de muchos españoles. El aroma de los dulces recién hechos se perdió cuando la marca se desvinculó de la familia fundadora y de la ciudad.
Desde entonces Reglero ha pasado por distintos propietarios y emplazamientos. El día de la publicación de esta reseña la marca se produce en las instalaciones riojanas de Arluy, empresa que pertenece a la multinacional francesa Biscuit International, propiedad del fondo de inversión Platinum Equity de Beverly Hills, etc., etc. Globalización espolvoreada con azúcar glas.
Los zamoranos habían perdido la esperanza de recuperar el sabor artesano de Reglero hasta que en 2013 un hijo de José decidió abrir una confitería en los bajos de la vieja fábrica. Su nombre, “El Esquiador”, es un homenaje al viejo logo de la empresa, que recordaréis en las antiguas cajas y que, si os invade la nostalgia, podéis adquirir en internet en una tienda de segunda mano por sesenta euros, lo que a mí me parece mucha pasta por una caja de cartón sin pastas.
“El Esquiador” ha rescatado las recetas originales de la familia elaboradas artesanalmente con productos de calidad y sin la química presente en la producción industrial. Entre la oferta: pastelería, bollería y galletas. La caja de pastas me devuelve al sabor de aquellos dulces que compraban mis padres cuando atravesábamos en coche Castilla la Vieja y León. Al comerlas me invade el mismo sentimiento que debe tener un biólogo al descubrir un animal que se creía desaparecido en estos tiempos de extinción masiva.
Que nos perdamos en el futuro estas y otras recetas depende del compromiso de los consumidores.
martes, 4 de marzo de 2025
Límite 24 horas en San Sebastián
Cuando era pequeño me quedé sin pueblo. Tranquilos, tanto el pueblo como sus vecinos están bien. En realidad, dejé de tener casa en el pueblo. El desarraigo rural abrió una posibilidad que no resolví hasta muchos años después: la elección de un municipio al que acudir todos los años de vacaciones entre los 8131 disponibles.
Decidí que el lugar elegido sería el que hubiera grabado más escenas en mi memoria a lo largo de mis viajes. La estampa del mar agitado penetrando en el río Urumea, el dulce aroma a mantequilla de las pastelerías de la Parte Vieja o los sonoros chupinazos cuando marca la Real decidieron que sería mi destino fijo anual sería la Bella Easo.
El recorrido seleccionado omite los bares de tapas que destacan la mayoría de recomendaciones en Internet. Con la llegada del turismo de bajo coste y como consecuencia de la pérdida de calidad y servicio de algunos de estos establecimientos, actualmente opto más por ir de carta o menú del día donde aún se mantienen algunos clásicos.
Vamos a ello:
Desayuno en Taberna Txofre
La historia de este local se inicia hace más de sesenta años cuando el abuelo del actual propietario se hace con el bar de Elías Ezkurra. Joaquín cambió las tareas de labranza, la elaboración de cestas a mano, el cuidado del ganado y otras actividades del caserío en su Betelu natal por la hostelería en la siempre exigente Donostia. Su único referente era la experiencia de un hermano que por entonces trabajaba en el Bodegón Gloria (en el mismo local del actual "Txofre"). No se le dio nada mal a Joaquín porque el "Ezkurra" con el tiempo se convirtió en uno de los bares favoritos de Gros.
Hoy su nieto Joseba regenta este bar famoso en toda la ciudad por su ensaladilla rusa. No tiene nada diferente al resto: patata, guisantes, huevo, zanahoria, bonito y mayonesa, pero no conozco ninguna tan cremosa y suave. Tiene tanto éxito que la he visto en pintxo, ración, bocadillo, incluida en el menú del día, en platos combinados, como pintxo-pote los jueves y para llevar. Recomiendo para comenzar fuerte el día uno de sus bocatas, puedo constatar que con el de Cabra de Ulia puedes tirar al monte sin peligro de desfallecimiento.
Almuerzo en Bar Txirrita
No conozco muchos locales en el centro de San Sebastián donde comer un buen menú del día a precio razonable. Uno de mis favoritos de este apartado era el "Slabon Café" que tristemente cerró hace poco por jubilación. Al encuentro de un menú bueno, bonito y barato nos enfundamos la camiseta de la Real y nos trasladamos a Amara Nuevo. En los días de partido la estampa habitual en las calles de este barrio son las terrazas de los bares copadas por aficionados con los colores “txuri-urdin” conviviendo en armonía con los del equipo rival, salvo si el club visitante es el PSG en cuyo caso las ordenanzas municipales recomiendan retirar el mobiliario y el sentido común ponerse un casco. Uno de estos bares futboleros es el Txirrita, un bar familiar con más de medio siglo de vida, donde te reciben con la elástica blanquiazul, mucha simpatía y estupendas viandas. Un fijo para degustar un menú del día casero y económico y en el que también puedes probar cazuelas, raciones, platos combinados, bocadillos, tortillas al plato y pintxos. Muy recomendables son sus calamares, quizás uno de sus platos más populares y con ese punto especial tan difícil de lograr de los platos sencillos y humildes que hacen que sepan a una auténtica goleada.
Cena en Bar Vallés
Viajamos a 1942. El día en el que la pareja formada por Blas y Juana cambiaron el viñedo en Olite por un despacho de vinos en Donosti. Hoy este negocio que va por la cuarta generación es un imprescindible en mis estancias en Donosti. Que me apetecen unos pintxos pero la Parte Vieja está de bote en bote, pues me paso por el Vallés a por un plato caliente elaborado con sabor a guiso de abuela.
Una elaboración que repito casi a diario son sus pochas, populares entre su clientela y capaces de saciar mi estómago superwélter, dejando un hueco para el postre. Nagore Vallés dice que los ingredientes son buenas pochas, un poco de cebolla, pimiento verde, chorizo cocido, cocción lenta, mimo y cariño, pero sin especificar el orden. En invierno además de este plato que se sirven todo el año el Vallés ofrece también garbanzos con bacalao y lentejas con chorizo. Quién necesita ropa térmica pudiendo meterse un buen potaje entre pecho y espalda.
Con la panza satisfecha y con efectivo en la cartera me despido de esta ruta gastronómica por mi segunda casa.
Direcciones:
miércoles, 19 de febrero de 2025
Solo en tu pueblo
Este artículo es un homenaje a los pueblos que conservan una gastronomía propia y a sus platos más emblemáticos; esos pequeños municipios que por su aislamiento, singularidad y defensa de la tradición custodian recetas únicas que solo conocen ellos y que no se ha exportado a otros lugares más grandes y poblados en los que hay de todo y al final todo es lo mismo.
En este artículo encontrarás algunas propuestas que sorprenden por lo extraño de su denominación, su aspecto o por la combinación de sus ingredientes, también otras mucho más familiares pero con una marca de la casa que las distingue de cualquier otra. En cualquier caso, sabores que trasladan a un pasado y una tradición ligadas al paisaje, la economía, las gentes, sus costumbres y oficios. Un patrimonio gastronómico en muchos casos amenazado por la despoblación, el olvido y la homogeneidad que acarrea un mundo globalizado.
Si conoces un plato que solo se elabora en tu pueblo no dudes en compartirlo con nosotros.
¡Vamos a ello!
Limón serrano.
El Balcón de la Plaza (La Alberca)
La Alberca es pueblo de excelente turrón, un producto que por su personalidad, tradición y calidad ya se le dedicó un artículo en el pasado. Pero esta localidad de La Sierra de Francia tiene en su haber un plato un tanto peculiar, una especia de ornitorrinco llevado al universo gastronómico. ¿Imaginas una ensalada compuesta por chorizo, cerdo ibérico, naranja, limón y huevo con vinagreta de aceite de oliva, vino tinto, ajo y yema? Yo no hasta llegar a La Alberca.
El limón serrano es un plato popular, que con ligeras modificaciones se hace en casa y también se consume fuera, como en el Restaurante El Balcón de la Plaza. La propietaria de este local abierto hace veintiséis años me comenta que su padre lo hacía escabechado, que lo piden muchos vecinos y algunos turistas, asegurándose primero que estos últimos saben a lo que se enfrentan. Lo amas o lo odias, como todo en estos tiempos tan polarizados. Yo lo amé.
Almendras de Villafrechós.
Confitería Cubero (Medina de Rioseco)
Silverio Cubero Marqués comenzó a elaborar almendras garrapiñadas en la pequeña Villafrechós a finales del siglo XIX. Almendra, azúcar, agua, un buen perol y mucha maña dieron lugar a las “almendras de Villafrechós” que pronto recibieron premios y distinciones, entre ellas, una medalla de plata de la Exposición Universal de Barcelona de 1888. Este dulce de Villafrechós traspasó sus confines paseándose por las ferias más prestigiosas y deleitando a los paladares más selectos.
No duró mucho la alegría en Villafrechós porque en el siglo XX los Cubero emigraron y con ellos sus almendras; unos a Valladolid, donde mantuvieron la tradición por todo lo alto 65 años hasta que cerraron en 2023, otros a Medina de Rioseco, donde desde 1944 las elaboran de la misma forma solo que sustituyendo el viejo perol de cobre por uno eléctrico lo que desde el punto de vista sanitario es de agradecer. En la actualidad estas almendras se elaboran en un obrador a 17 kilómetros del pueblo que les dio nombre ¿No es triste?
Fisuelos.
Soy hijo de inmigrantes lacianiegos que fijaron su vida en Madrid. Cuando era pequeño observaba con asombro cómo mi madre con la ayuda de un cacillo dibujaba en la sartén espirales perfectas con “batudu”. Estaba haciendo fisuelos, que una vez fritos apilaba en un plato hasta levantar una Torre de Babel capaz de despertar la ira de cualquier nutricionista infantil.
Una merienda para mi yo del pasado tan reconocible como los churros y las rosquillas, pero no para mis compañeros del cole. Cuando les comunicaba que esta tarde en casa tocaba “fisuelada” la sorpresa era mutua, la de mis compañeros porque no sabían de qué diantres estaba hablando y la mía porque pensaba que era imposible que nunca los hubieran probado. ¡Tristes infancias las suyas!
Viajo hasta Laciana para comer fisuelos en su contexto. En su capital, Villablino, es fácil encontrarlos en las cafeterías, acompañados con chocolate caliente o incluso ofrecidos como tapa. Mi prima me recomienda los de una casa rural en Robles. En su terraza familias al completo se solazan comiendo torres de fisuelos. Vuelvo a Madrid convencido de que no son solo una receta sino también parte de mi propia identidad.
Pulpo a la sanabresa.
Mesón Abelardo (Puebla de Sanabria)
Sanabria es la primera comarca de esta sección a la que llego en tren de alta velocidad. No sé si el hecho poder llegar ahora de esta forma a la localidad supondrá para ella el fin del aislamiento sufrido en su historia reciente, una historia marcada por el olvido, la despoblación y en algunos casos el silencio, en ocasiones impuesto desde las altas esferas (como sucedió con en el caso de la catástrofe de Ribadelago, una tragedia que arrasó un pueblo entero, y que ocultaron los libros de historia de España).
En el Mesón Abelardo de Puebla de Sanabria encuentro un pulpo “a feira” más antiguo que el gallego. Cuentan las crónicas que al Reino de León llegaba en fiestas pulpo seco gallego que se mejoraba con aceite de oliva y pimentón extremeño. Más tarde esta receta se extendió también a ferias gallegas, de ahí su nombre. La diferencia respecto al gallego es que el pulpo a la sanabresa contiene ajo picado. Lo degusto con deleite y llego a la conclusión de si el bacalao es el pescado de las poblaciones del interior peninsular, el pulpo puede erigirse en el molusco del secano.
Leche helá.
Heladería Ismael´s (Madrigal de la Vera)
Este postre nos traslada a la cara sur del la Sierra de Gredos. En el pasado durante el verano los pastores ascendían a sus cumbres en busca de pastos para sus cabras. Como hasta esos parajes no llegaba el carrito del helado ni “La Hieloneta” el cabrero mezclaba y removía en un cántaro nieve, leche y azúcar. La leche helá hoy se elabora en casa y en algunos locales de La Vera. No confundir con otro producto local, la leche helada de Tordesillas, con la que comparte nombre pero difiere en elaboración, ingredientes y origen.
La pruebo en la Heladería Ismael´s en Madrigal de la Vera. La producen solo en verano y es elaborada de la siguiente manera: mezclan leche de cabra con azúcar, la congelan, luego la tuestan y, por último, la vuelven a congelar. Intensa, refrescante y con un punto tostado. Se puede encontrar en otros pueblos de La Vera y la he visto en El Raso, al otro lado del Alardos. Date prisa porque el proyecto Slow Food advierte del riesgo de desaparición en el lugar tanto de este dulce como de la propias cabritas que proporcionan la leche.
Pincho de lechazo.
Otro producto con origen pastoril, en esta ocasión en el Traspinedo del siglo XIX, consistía en asar sobre brasas tajadas de cordero ensartadas en varas de madera. La carne para el trabajador y el hueso para su perro que así liberaba endorfinas. Hoy es la principal atracción de Traspinedo. Dispone de marca registrada, una feria a finales del mes septiembre y se ofrece en seis mesones autorizados.
Acudo al mesón que adaptó este manjar a la hostelería hace más de medio siglo. Lechazo de raza churra castellana, cortado, salado, ensartado en pinchos metálicos con empuñadura de madera y cocinado sobre brasas de sarmiento. Una carta reducida como marca la tradición de Traspinedo: ensalada, embutido y poco más, se va a lo que se va. Si quieres se puede rematar con una tarta de piñones en Tierra de Pinares porque para un buen dulce, siempre queda sitio.
Tarta babiana.
Restaurante García (Villasecino de Babia)
Me traslado de la meseta a la montaña. Estoy en Babia, pero no en estado de ensimismamiento como afirma el dicho sino más bien al contrario, con todos mis sentidos activados para aprovechar las posibilidades que ofrece su paisaje, gastronomía y cultura. Para sentirme más integrado compro una camiseta de "Estar en Babia" en un súper de San Emiliano. Su estampa es de Manolo Sierra, pintor aferrado a las causas justas y siempre dispuesto a colaborar con estos pueblos de la montaña leonesa. Una camiseta que cuando la enfundo fuera de León es un imán que atrae hacia mi persona a melancólicos babianos residentes en otras provincias en un particular "Babianos por el mundo".
Producto autóctono de esa tierra es la tarta babiana. Plato vinculado a la trashumancia y la dureza del clima, nacido de la conjunción de subsistencia, aprovechamiento y resistencia. La receta es más o menos así: fríes restos de pan de hogaza, abundante mantequilla y añades azúcar al final; retiras del fuego, incorporas huevos batidos y leche; para terminar toda la mezcla al horno; todo a ojo porque la receta es de una abuela. Me gustó la del Restaurante García, lugar donde cantan el menú del día y en el que no es extraño encontrar tarta babiana de postre. Tras semejante ingesta dispones de calorías como para recorrer Babia, seguir por Teverga, Grado, Candamo y darte un baño en la Playa del Aguilar.
Mandanga.
La Bodeguilla (Fregenal de la Sierra)
Fregenal de la Sierra dispone de una rica gastronomía con platos reconocibles como el guarrito frito, las castañuelas a la brasa, el revuelto de gurumelos, el bacalao dorado o las perrunillas, estas últimas fáciles de encontrar en las panaderías y que en el pasado dieron nombre a su actual Plaza de la Constitución debido a su forma. Mucho más difícil de localizar una receta exclusiva de la cocina frexnense, la mandanga. En este guiso el protagonismo es para vísceras, callos, patas de cordero y morcilla lustre. Es muy popular en fiestas y en los fogones de las familias, pero cada vez más inusual en las cartas de sus restaurantes debido, según algunas fuentes consultadas, a la dificultad de encontrar la materia prima, el elevado precio de la misma y lo laborioso de su realización.
Yo la pruebo en La Bodeguilla, en el Barrio Sur. Me la sirve una cocinera orgullosa tanto de la mandanga como de la caldereta de cordero, dos platos cada vez menos habituales. Su madre trabajaba en el Quiosco de Andrés López, donde la mandanga era la tapa reina y ella se encarga todavía de mantener viva la receta. Si eres aficionado a los guisitos, a la casquería y a mojar pan no te lo debes perder. Andrés Galván, administrador de Te Quiero Fregenal me apuntó además una segunda dirección, el Hogar del Pensionista, lugar al que se puede acceder sin necesidad de saber jugar a la petanca, de que te guste mirar obras o de que aún utilices una cuenta de Facebook. Para terminar, recomiendo el capítulo dedicada a este plato del programa gastronómico La Prueba, similar a la prueba de exteriores de MasterChef pero sin comentarios tóxicos del jurado.
martes, 18 de febrero de 2025
Mesón Ezequiel II (Villamanín)
El anuncio de un nuevo Mesón Ezequiel en la Calle Colón de Madrid estimula mi necesidad de visitar el restaurante original en Villamanín de la Tercia. No conozco a nadie en León que no hable maravillas de la calidad, precio y tamaño de las raciones de este local. Este mítico establecimiento situado en el paso que une León y Asturias por Pajares no solo es refugio de usuarios de la N-630 sino también de moteros y montañeros además de numerosos clientes del resto de la provincia que se desplazan hasta Villamanín solo para comer en "Mesón Ezequiel II". La afluencia es tan grande que su localización se considera un “punto negro”, no de esos que obstruyen tus poros sino de los que obstruyen las carreteras. En mi caso llego en transporte público, una elección extravagante tratándose de un restaurante de carretera, pero comprensible teniendo en cuenta que mi destino es ir de excursión a la montaña y soy de los que cala el coche hasta en la rampa de un garaje.
Para abrir apetito primero doy un paseo por Villamanín. Este pueblo fue arrasado durante la Guerra Civil al encontrarse en el centro del Frente Norte. Fue reconstruido por la Dirección General de Regiones Devastadas siendo el único pueblo reconstruido por este motivo en la Provincia de León. A diferencia de Belchite en Villamanín no quedan restos del antiguo pueblo así que si quieres ver ruinas hay que desplazarse un kilómetro y medio hasta La Fabricona. Este es un enorme complejo de tratamiento de mineral que durante la Guerra Civil fue usado por el destacamento republicano del capitán Luis Vaquero. El lugar fue totalmente arrasado por la Legión Cóndor al mando de Wolfram von Richtofen, primo del “Barón Rojo”, empleando el “bombardeo de alfombra”, repitiendo fórmula días después sobre la población de Guernica.
El primer "Mesón Ezequiel II" estuvo en la Calle Estación; el actual abierto en 1992, es el típico restaurante de carretera con bar, comedor y tienda, en este caso con embutidos Ezequiel y otros productos típicos. Ofrece un menú económico, pero prefiero comer de carta y pido fabada y caldereta de cordero, un plato siempre presente en las Jornadas Gastronómicas de la Tercia y Arbas y en el que "Mesón Ezequiel II" es uno de los participantes. La comida es exquisita, pero en cantidades inabarcables para el comensal medio que por cada plato retirado suma un nuevo táper sobre la mesa. Todos menos unos jubilados que a pesar de sus exclamaciones de sorpresa por el tamaño de cada plato los devolvían limpios como la patena y remataron la comida con un pijama (un postre digno de Crónicas Carnívoras y que consta de frutas, tartas, helados, sorbete, nueces, nata y siropes) que devoraron sin contemplaciones. Como dijo un comensal de una mesa cercana “que disfruten, para lo que les queda…”. Y de alguna manera, tenía razón, porque el condumio de "Mesón Ezequiel II" está de muerte. Yo mismo me retiro rodando y al borde de la extenuación, pero prometiendo regresar allí en coche, autostop, burro o como sea.
viernes, 14 de febrero de 2025
Confitería Ruiz (Cuenca)
Recuerdo mi primer viaje a Cuenca con horror. Fue en el antiguo tren Madrid-Valencia y todavía palidezco al recordar aquellas eternas cuatro horas en un vagón que se agitaba más que tu vaso de cerveza cuando intentas llegar hasta el escenario en un concierto de AC/DC. Al preguntar al revisor si la causa de tanto movimiento era que nos habían cambiado al Talgo Pendular soltó una gran risotada antes de desvanecerse en el siguiente traqueteo. El meneo era tal que por Ocaña mi plano de Cuenca se había convertido en una bolsa para el mareo. Con una hora de retraso llegué a la estación donde había una placa que conmemoraba el 102 aniversario que fueron los que a mí me parecieron que duró aquel viaje.
Con menos tiempo del previsto para ver Cuenca y con el estómago del revés prescindí del almuerzo para pasar directamente a ver la ciudad. Las agradables sorpresas que me deparó la ruta merecieron la pena y finalmente, no sólo recuperé tiempo, sino que aún pude ir más allá de las típicas zonas turísticas y descubrir barrios auténticos como el de Tiradores Altos. Al final de la tarde con el objetivo cumplido y el buche vacío decidí picar algo. Mi elección fue la "Confitería Ruiz", un establecimiento con una irresistible decoración algo trasnochada. Pregunté al dependiente qué dulce conquense recomendaría a una persona fuera a subirse al Transiberiano. Había descubierto el alajú.
Desde entonces vivo obsesionado con esta torta hecha con una pasta de miel y almendra entre dos obleas. En Madrid contadas veces encuentro alajú y cuando lo logro no es como el que comí aquel día. La solución es ir a por el original a Confitería Ruiz, a ser posible en tren de alta velocidad, o bien hacerles un pedido, como en la última ocasión. Este llegó a mi casa en sólo 48 horas magníficamente empaquetado con varias cajas de alajú (lo sirven todo el año), rosquillas de yema (En Madrid rosquillas de Alcalá, en Huesca glorias…) y pastas variadas (muy finas por cierto). Una manera práctica de satisfacer el vicio por el alajú sin necesidad de moverse de casa.
viernes, 7 de febrero de 2025
Comer sin perder el Norte: en FEVE de Ferrol a Bilbao
Siempre he deseado hacer una ruta larga de FEVE. Mi primer recuerdo sobre este proyecto es de hace treinta años cuando en una oficina de FEVE en el barrio de Huertas me obsequiaron con un plano con funda incluida que aún conservo. Desde entonces he realizado rutas parciales, viajes cortos donde me pegaba a la ventanilla disfrutando de las montañas, ríos y pueblos, piezas de un puzle que me hice la promesa de completar algún día. En 2024 cumplí mi propósito con esta primera gran ruta del FEVE entre Ferrol y Bilbao.
¿Qué es el FEVE?
Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha (FEVE) se constituye como empresa pública en 1965 para fusionar todas las líneas con este ancho de vía existentes hasta esa fecha. Las primeras líneas de este tipo surgieron a finales del XIX vinculadas fundamentalmente a la industria ya que la vía estrecha era más barata y se adaptaba mejor que la vía ancha a la orografía montañosa predominante en las zonas mineras. Aunque FEVE no abandonó su perfil industrial el negocio de viajeros fue desde entonces predominante. A pesar de la extinción de la marca FEVE en 2012 (hoy Cercanías AM) sus usuarios aún se refieren a ella como "La Feve".
Plan de viaje
La ruta completa entre Ferrol y Bilbao en "La Feve" se puede hacer en tres días haciendo solo parada en Oviedo y Santander, pero la idea era realizar trayectos más cortos y descansar en pequeños municipios donde poder disfrutar de su atractivo sin agobios: viajar por la mañana, hacer turismo por la tarde y pasar la noche en un hotel. También estaba previsto asegurar una comida y cena en cada lugar de destino para así degustar la gastronomía local y sus especialidades, cosa que se cumplió salvo en Nava donde solo pude cenar porque el tren llega a la villa después de la hora de comer.
En mi caso fueron siete días de ruta con paradas en Viveiro, Luarca, Nava, Unquera y Colindres que se traducen en más de 500 kilómetros, 16 horas de viaje y 165 paradas. Elegí los destinos tanto por su interés como por la distancia entre ellos buscando el equilibrio en la duración de los trayectos. Este plan puedes modificarlo, cambiando una parada por otra, por ejemplo, Viveiro por O Barqueiro o Burela, todo depende de tus gustos. Si quieres puedes añadir tantos días extras como quieras, ampliando y enriqueciendo tu experiencia o incluso puedes hacerla al revés, de Bilbao a Ferrol.
Si me permites un consejo, ten paciencia al elaborar tu plan de viaje. Si tu estación no aparece en el buscador de la Web de Renfe llama a su teléfono y si tampoco disponen de información contacta directamente con la estación de cabecera. Consultando el horario de paso por Nava coincidí con un condescendiente operador telefónico que me espetó, “señor, querrá decir Navia, Nava no existe”. Pensé que me encontraría dificultades organizando mi viaje, pero nunca pensé que me toparía con un negacionista de Nava. No sé qué tendrán que decir los navetos de esto. A pesar de mis demandas esta estación sigue sin existir en el buscador.
Este fue mi plan de viaje:
Día 1: Ferrol 08:20 – Viveiro 10:17
Día 2: Viveiro 10:17 – Luarca 12:55
Día 3: Luarca 12:55 – Oviedo 15:42, Oviedo 16:23 – Nava 17:21
Día 4: Nava 08:54 – Unquera 11:33
Día 5: Unquera 11:33 – Santander 13:34, Santander 13:53 – Treto 15:03
Día 6: Treto 09:10 – Bilbao 11:10
Primera parada. Ferrol (A Coruña)
Mi primera jornada es en Ferrol. Decido pasar un día entero en la ciudad portuaria antes de iniciar la ruta. Dispone de un centro cuyo urbanismo parece dibujado a escuadra y cartabón en época de la Ilustración y del cual brotan una treintena de fachadas modernistas. Recorro este trazado conocido por los ferrolanos como la “tableta de chocolate”, una dulce denominación que abre mi apetito y conduce mis pasos a la “Pastelería Stollen” (Rúa Magdalena, 119) para pedir una porción de picadero. Se trata de un postre local que en tiempos de carestía se elaboraba con sobras de bollería y que hoy se produce con una masa específica. Bocado contundente no apto para paladares finolis con similitudes a los “inglesitos”, postre protagonista en el artículo dedicado en este blog a las pastelerías de San Sebastián y sus especialidades.
La receta más famosa de la ría de Ferrol se localiza en Mugardos. Realizo una excursión desde Ferrol a esta bonita población donde el segundo fin de semana de julio se celebra una feria del pulpo. Este ingrediente es la base de una receta local, el pulpo a la mugardesa, un guiso de pulpo con pimientos y patatas. Plato de origen marinero muy apreciado en el municipio y en especial en la capital, desde donde se desplazan el fin de semana para comerlo. Elijo la “Pulpería La Isla” (Avenida do Mar, 40), local con cuatro décadas a sus espaldas donde me doy un gran festín de pulpo en todas las versiones: a la mugardesa, a la feria, crujiente a la gallega, a la plancha con grelos y en buñuelos con emulsión de salsa mugardesa. Después de aquello temí acabar convertido en Cthulhu para terror y espanto de los parroquianos de Ferrol, algo que, gracias a Dios, no sucedió.
Segunda parada. Viveiro (Lugo)
Comienza la aventura. En la Estación de Ferrol un trabajador informa de una avería en "La Feve”: desconoce la causa, cuántos días se prolongará y la parte del recorrido afectado; el protocolo básico de Renfe para no dar lugar a la esperanza. Un minibús nos recoge a mí, a otro viajero nada sorprendido y al inspector del tren que se convierte en mi héroe sin capa. Como si fuera Keanu Reeves en Speed señala al conductor cómo llegar a las estaciones, recoge a los viajeros al galope y los introduce en el autobús como si la estación estuviera a punto de explotar. En nuestro trepidante recorrido rescata a seis viajeros abandonados a su suerte en pequeñas estaciones sin personal ni medios para informarles de la suspensión. Aprovecho el accidentado recorrido y la tranquilidad de saber que no hay una bomba en el autobús para observar los bonitos paisajes que habría tenido que observar por la ventanilla de un tren como la ría de Ortigueira, el río Baleo o el pueblo de O Barqueiro. Llego a la estación de Viveiro con solo media hora de retraso.
Accedo a Viveiro por una de sus tres puertas monumentales para callejear por la vieja zona intramuros. Una de estas calles, el Callejón del Muro, en origen parte del pasadizo del adarve de la muralla, es considerada la calle más estrecha de España. (Alguien debería publicar un libro resolviendo hitos como qué municipio alberga el edificio más estrecho, la plaza más grande o la calle más corta y a falta de consenso que resuelvan sus diferencias en el Grand Prix.) Lo que es bastante seguro es que Viveiro tiene la mejor merluza de pincho procedente de su puerto de Celeiro. Este fue el primer pescado fresco con marca de garantía en España y cuenta con su propia fiesta el fin de semana anterior al 25 de julio. Degusté la merluza de pincho elaborada a la gallega en el “Restaurante O´Asador” (Rúa Melitón Cortiñas, 15), que cuenta con una carta, producto y servicio magnífico.
Tercera parada. Luarca (Asturias)
Acudo a la estación de Viveiro sin saber si pasaría el tren, pero no importa, me gustan las emociones fuertes. El único movimiento es el de varios operarios que cruzan el andén con caras de inquietud. Había perdido la fe cuando aparece el primer viajero, escudriño su rostro y parece tan relajado como una vaca en una convención vegana y me contagio de su serenidad y esperanza. Poco después llega el tren con puntualidad británica. Ya en el vagón pillo ventanilla y disfruto, ahora sí, de los “paisajes de La Feve”. La línea transcurre paralela a la costa con hermosas vistas a la playa de Covas, la desembocadura de San Cibrao o el puerto de Burela hasta llegar a la ría de Ribadeo donde se aparta del litoral. En la parte asturiana atraviesa, entre otras, las verdes comarcas de Vegadeo, Castropol o Navia. Me bajo en la estación de Luarca, atalaya desde la que atisbo nuevamente el mar.
En el puerto acudo al Restaurante “El Barómetro” (Paseo del Muelle, 5) para probar los calamares en su tinta. Me atiende Marino, un propietario con mucho carisma que repite de memoria todo el pescado del día y al que encuentro esa misma tarde comprando en persona el género para su restaurante en La Rula (el mercado de la cofradía de pescadores) una visita imprescindible. Cierro la tarde en el Museo del Calamar Gigante donde puedes acercarte al mítico kraken sin miedo a ser despedazado, y desde el cambio del museo a una nueva ubicación más elevada, sin riesgo a ser tragado por una ola como sucedió en 2011. Al día siguiente aprovecho que el tren sale más tarde para descubrir las diferentes vistas que de Luarca otorgan cada uno de sus espectaculares miradores.
Cuarta parada. Nava (Asturias)
Como en los días previos llego con antelación a la estación en la que no hay empleados ni viajeros. El edificio cuenta con un gran recibidor cerrado sin señal de actividad alguna. Entre tanto vacío y desolación lo único que falta por allí es que aparezca Clint Eastwood con poncho. A la hora establecida el tren asoma lentamente por el túnel creando un ambiente aún más fantasmagórico. Mi cabeza solo reengancha con la realidad durante el viaje que recorre la costa hasta Muros, lugar donde elige como compañero al río Nalón hasta Trubia y desde ahí dirección a Oviedo. En la capital del Principado hago trasbordo a otro tren que atraviesa las comarcas de Siero y Noreña antes de llegar a Nava. Porque a pesar de lo que digan algunos, Nava existe.
Nava es la Villa de la Sidra. El segundo fin de semana de julio su Festival de la Sidra recibe visitantes de toda Asturias que acuden por sus propios medios o en “sidrotren”, servicio especial de Renfe para la ocasión, algo así como el “tren de la fresa” de Aranjuez pero con más chispa. El resto del año puedes disfrutar de sus llagares, sidrerías y el Museo de la Sidra de Asturias, un enorme espacio con magníficos artilugios originales que hace las delicias por igual de amantes de la sidra y de la maquinaria industrial. Cierro mi jornada en Nava en la tradicional “Sidrería Prida” (Calle la Colegiata, 12) local que participó el pasado mayo en las Jornadas Gastronómicas de Platos a la Sidra. Pruebo un chorizo a la sidra y una tortilla de queso ovín y cecina a la sidra que me devuelven la fe en la humanidad.
Quinta parada. Unquera (Cantabria)
Me informan en la estación de Nava que el tren llegará con retraso. A estas alturas la noticia no me hace ni pestañear. No había acomodado mis posaderas en un banco cuando apareció puntual, para mi sorpresa y del resto de los presentes, en esta ocasión más numerosos que de costumbre al incorporarse un grupo de estudiantes cuyo número superaba el aforo del diminuto tren. Al subir el responsable del grupo recibe una amonestación por parte del revisor por no avisar con antelación y haber convertido su amable convoy en el Metro de Madrid en hora punta. El trayecto atraviesa el centro-oriente asturiano, primero acompañando al río Piloña hasta su desembocadura en el Sella y hasta su salida al mar en Ribadesella y, por último, desde ese punto paralelo a la costa hasta mi destino.
Unquera es un municipio fronterizo en el lado cántabro del río Deva. Su postal más característica es el puente donde un viejo hito marca la frontera entre las dos provincias. La gastronomía de Unquera es una mezcla de la asturiana y cántabra, integración a la que ha ayudado ser punto de paso, parada y fonda muy popular para los que atraviesan la frontera en coche, donde es tradición comprar cajas de su dulce típico, las corbatas, un dulce de hojaldre. Puedes adquirir corbatas de Unquera en varios puntos, pero solo uno mantiene el obrador en el pueblo, “Casa Canal” (Calle Carretera General, 7). Este local, que en 2026 cumple 75 años elaborando corbatas, es un buen punto de partida para iniciar una ruta por los alrededores, en mi caso a la cueva de El Pindal donde sustituyo una triste barrita energética por una empanada y unos sobaos pasiegos porque considero que en todo viaje hay que asumir las costumbres locales.
Sexta parada. Colindres (Cantabria)
Me subo al quinto tren de la ruta en la estación de Unquera. Durante el trayecto el tren se dirige a Cabezón de la Sal, desde allí sigue el cauce del río Saja hasta cerca de su desembocadura, encaminándose a continuación hasta Santander donde hago un trasbordo. El nuevo tren atraviesa Trasmiera hasta llegar a la estación de Treto, parada pero no destino, porque aún debo atravesar a pie el puente sobre la ría para entrar en Colindres. Este municipio además de un atractivo puerto, arenal y marisma cuenta con un pequeño entramado urbano salpicado por casas solariegas, edificios indianos y construcciones con influencias modernistas.
Una de estas obras es “El Rascacielos”, un singular edificio de estilo racionalista construido en 1928 en la zona del puerto. En la actualidad está ocupado por un hotel, una tienda de conservas de pescado y un restaurante que pertenecen a la misma empresa. No te compliques la vida: alójate en el hotel, compra conservas en su tienda y realiza todas las comidas en el restaurante. Entre las opciones más destacables del “Restaurante El Puerto” (Calle la Mar, 29) está el bonito del norte y los bocartes, las dos capturas más importantes en Colindres que es el tercer puerto de Cantabria. Al bonito, que cuenta con una cofradía en el municipio, llego tarde porque han vendido la última pieza del día, pero tengo más suerte con los bocartes, que pruebo en todas sus posibles elaboraciones: fritos, en salazón y en vinagre.
Séptima parada. Bilbao (Vizcaya)
Me subo al último tren con una mezcla de cansancio, emoción y tristeza. Otra vez sin incidencias. Y yo que empezaba a acostumbrarme a vivir al límite y al final ¡ni tan mal! Este trayecto cruza la última frontera del viaje, la de Vizcaya, no una vez sino dos veces porque las vías atraviesan el enclave cántabro del Valle de Villaverde. Si no sabes que es un enclave se trata de una porción menor del territorio de una circunscripción completamente rodeado por el territorio de otra. En España hay 26 y la más famosa es el Condado de Treviño. Además de esta curiosidad geográfica el camino está plagado de caseríos, viñedos y fábricas hasta llegar al Nervión y el majestuoso Estadio de San Mamés, último hito del viaje antes de entrar en el túnel que oculta mi destino en la estación de La Concordia de Bilbao.
Mi último paseo es por esta ciudad que puedes visitar mil veces y nunca deja de sorprenderte. Hago hambre en la Plaza Nueva donde celebran un concurso de queso Idiazábal antes de acudir al “Bar Río Oja” (Txakur Kalea, 4), una taberna de 1959 donde conservan la tradición bilbaína de las cazuelas. Una oportunidad de probar estupendos guisitos que están siendo desplazados por el más turístico pintxo. En este auténtico bar de “txikiteros” pruebo sus legendarias cazuelas de asadurilla, champiñón en salsa y, por supuesto, el rey de la gastronomía bilbaína por antonomasia: el bacalao al pilpil. Aprovecho mis últimos coletazos en la ciudad para comprar turrón y beberme una horchata porque un viaje sin turrón o sin horchata no es un viaje para Capitán Triglicérido.
Regreso a casa con el objetivo cumplido de haber realizado mi primera gran ruta en “La Feve”. Una manera muy diferente de disfrutar del Norte, a fuego lento, entre paisajes de ensueño, disfrutando de una gastronomía deliciosa y un inabarcable acervo cultural. Una vivencia imposible de igualar en ningún otro medio de transporte, viajando sin prisa, dejándote llevar, con tu atención solo pendiente del paisaje. Una experiencia única pero no irrepetible porque ya estoy pensando en la siguiente, la no menos ambiciosa entre León y Bilbao u otra más breve entre Cartagena y Los Nietos. Aún queda mucha vía estrecha por recorrer. Ya os iré contando.